Cuando el sol se queda quieto

Cuando el sol se queda quieto

El 21 de diciembre a las 10:21 am CET se va a producir, queramos o no, un evento cósmico. El sol alcanzará su punto más bajo en el cielo, marcando el final de un ciclo de vida. El final de una época de recolección y posterior de barbecho de la tierra. Reflexión y calma en la naturaleza que a nosotros, como parte de ella que somos, nos atañe igualmente. Un momento para pararlo todo y vivir lo vivido, dejar que emerja aquello que queremos vivir. Un momento en el que el sol se queda quieto, el solstitium, antes de comenzar a invertir su dirección.

No soy la misma persona que hace 20 años. Parte de los principios, los valores y los objetivos de vida que tenía entonces han cambiado. ¿Ha sido una evolución o quizá un adoctrinamiento autoimpuesto? Mirándome a mí mismo en el espejo del tiempo no encuentro las señales en mi cuerpo que marquen un momento concreto en el que se produjo ese cambio. No hay un solo trauma o situación específica en la que comencé a invertir la dirección de mi vida. Más bien se trata de una especie de viaje, de película de vida viva.

Llevo conmigo en mi corazón momentos mágicos como fue el nacimiento de mi hija y mi hijo, y todo lo vivido con mi esposa en el proceso de su concepción y crecimiento dentro de ella. Momentos de preocupación como fue contraer el COVID-19 y tener que pasar 10 días aislado en un hospital, que me sirvieron a modo de retiro espiritual centrado en la respiración, a la que más atención prestaba por motivos obvios. Momentos de dolor, de mucho dolor, con la muerte de mi hermana. La llevo conmigo siempre y me resulta casi imposible no llorar cuando soy consciente de su ausencia física.

Recuerdo también cuando, en medio del confinamiento fruto del COVID-19, llegó a mí una invitación a participar en GAIA (Global Activation of Attention and Action), una propuesta del Presencing Institute construida dentro del marco de la Teoría U de Otto Scharmer para conectar con algo tan necesario en los momentos que estábamos viviendo como es el futuro emergente. Recuerdo con fuerza cuando empezó el viaje GAIA, esa primera imagen de Laura Pastorini con sus enormes gafas mirándome y diciendo: “Buenos días, buenas tardes o buenas noches a todos, todas y todes”. Un primer contacto con la Teoría U que, de algún modo, ha sido el espacio desde el que he aprendido a conectar mi experiencia interior con el mundo externo.

Desde ahí, el proceso de acercamiento a las enseñanzas de Thích Nhất Hạnh me ha mostrado las diferentes semillas que hay en mi interior y que, día a día, he ido regando con mis propias meditaciones, con libros llenos de miradas alternativas y conocimiento sistémico, con la participación en diferentes espacios donde compartir vivencias, experiencias, sensaciones, historias. Nuevas personas en mi vida que complementan a las ya presentes, tan profundamente presentes.

¿Dónde estuvo, o dónde está, el solsticio de mi vida? Ese instante de transformación que me impulsa hacia un lugar diferente, donde el amor se convierte en el cimiento desde el cual emergen vibraciones cósmicas, transmitidas a través de redes micorrízicas: un internet natural que conecta y amplifica los mensajes hacia innumerables rincones. Es un lugar donde reconozco, con claridad, que estamos presenciando el final del mundo tal y como lo conocemos. Nos adentramos en una nueva era, un tiempo que llegará lentamente, un tiempo al que probablemente no pertenezcamos físicamente. Sin embargo, el papel que desempeñemos ahora será crucial para sembrar las bases de lo que vendrá.

El valor principal que me guía es que somos naturaleza, y como tal, nuestro modo de vida debe alinearse con esta realidad. Cuidamos aquello que amamos, pero no podemos amar algo que no conocemos. Conozcámonos a nosotros mismos para amarnos y cuidarnos, y eso implica cuidar la naturaleza. Es una propuesta difícil de asumir si seguimos funcionando desde el intelecto, desde las ideologías, desde la derecha o la izquierda. Es imprescindible que controlemos el intelecto, reconozcamos que ha sido colonizado externamente, y construyamos una herramienta de pensamiento alternativa que nazca de nuestra conexión interior: con nuestro corazón y nuestros intestinos, llenos de neuronas a los que ni los medios de comunicación, ni las redes sociales, ni tu cuñado, ni el amigo del bar han podido llegar. Un espacio libre que debemos aprender a utilizar. Desde ahí debe emerger nuestro verdadero Yo.

Un Yo fractal, como parte integral de estructuras mayores, que se dispersa, conecta y que, crece a través de redes cuánticas, expandiéndose por el mundo hasta alcanzar una masa crítica capaz de materializar el cambio de era que estamos viviendo. Una idea de cambio social cuántico, expuesta por Karen O’Brien en su fabuloso “You Matter More than You Think”, que nos obre los ojos a lo posible.

Yo sigo preguntándome, ¿dónde estuvo el solsticio en mi vida?

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