Uno de los aspectos más llamativos de las consecuencias de las inundaciones causadas por la DANA que azotó mi comarca, al sur de Valencia, el pasado 29 de octubre, más allá de las innecesarias muertes que se produjeron, ha sido la destrucción de miles de vehículos. Dos meses después de aquel fatídico día, aún encontramos cerca de las poblaciones afectadas coches, furgonetas y camiones dañados, apilados en enormes montañas que nos recuerdan lo ocurrido.
Soy una persona apasionada por los deportes de fondo y, a mis 56 años, lo que mejor se me da es salir a caminar. Durante más de un mes y medio me vi forzado a abandonar esta práctica, pero ahora, poco a poco, voy recuperándola. Vivo en Albal y tengo dos opciones para realizar estas caminatas:
1.- Pasear por los campos que rodean el municipio, un entorno bastante artificial dominado por el monocultivo y terrenos abandonados a la espera de la especulación. A pesar de esto, aún quedan rincones encantadores, como La Chandra, y espacios que actúan como refugio para personas o familias en busca de paz.

2.- Adentrarme en la “ruta del colesterol”, que conecta los municipios de Albal con Benetússer y que muestra claramente los estragos de la DANA: caos, zonas devastadas y montones de coches apilados.

En estos paseos respiro profundamente y pienso: buscamos volver a la normalidad, pero, ¿qué tipo de normalidad? ¿La misma que nos ha llevado a esta situación?
Las primeras medidas adoptadas para “reconstruir” han sido la concesión de indemnizaciones para adquirir nuevos vehículos. Es decir, reconstruir entre todos un modelo insostenible que, como un castillo de naipes, cae por su propio peso.
Algunas de estas indemnizaciones permiten usarse para resolver problemas de movilidad de forma más flexible (coches compartidos, bicicletas o patinetes eléctricos, entre otros). Esto nos da la oportunidad de pensar más allá y replantear si realmente necesitamos volver a llenar las calles de coches.

Sin embargo, es crucial reconocer que esta situación se repetirá, tarde o temprano, dependiendo del modelo de vida que decidamos mantener. Aquí entra en juego la resiliencia: la capacidad de absorber perturbaciones, reorganizarnos y adaptarnos mientras mantenemos nuestras funciones esenciales.
Estamos en pleno proceso de absorción de perturbaciones, pero ahora toca reorganizarnos para prepararnos para lo que viene. Una opción sería destinar, al menos una parte del dinero recibido por las indemnizaciones, a adquirir suelo agrícola. Desde la Fundación Mans al Terra, proponemos hacerlo de manera individual o colectiva. ¿Por qué no aprender a producir tus propios alimentos, conectar con la naturaleza, recuperar la salud y avanzar hacia una vida más libre y soberana?
Podemos construir un cinturón verde que proporcione aire limpio, agua pura y alimentos sanos a nuestros municipios, como alternativa a los contaminantes polígonos industriales. No necesitamos reconstruir lo de antes. Tenemos la oportunidad de transformar, y todo empieza con cada uno de nosotros.
Si decides sumarte, compra tierra, sácala del mercado especulativo y cuídala. El suelo es un ser vivo; protégelo y hazlo crecer de manera sostenible. Desde Mans al Terra, te acompañaremos en este camino.
¿ Reconstruir o transformar?